Morir con amor

Cada día, cada amanecer al salir de las horas de la noche (rotas en su continuidad por sueños tristes) estás sobre mi pecho ronroneando. Vibrando como sólo los gatitos sabéis querer o sufrir. Sin término medio.

Y me encuentro pensando que quién sea que controle nuestros destinos, nuestra partida sin regreso de este mundo, nunca permita que, aún deseando a veces el descanso eterno,sea yo en ningun caso la primera en irme.

No puedo ahora mismo ni pensar en que te sintieras abandonada de nuevo. Dejada a tu merced. Sin un corazón latiendo sobre el que apoyarte y una mano aunque sea vendada, acariciando la debilidad de tu barbilla.

Duele muchísimo más quedarse… pero por eso y por todo lo que supone AMAR, renuncio y pido a Dios que no sea yo la primera en marcharme.