El junco en el tsunami

Paso muchas horas mirando por el mirador del salón. Sentada en ese baul de tela que Yuna usa a veces para afilar sus uñas, yo veo la calle… sin verla.

Me incorporo. Tengo dos opciones (estoy de baja y por eso las tengo, que si no otro gallo me cantaria) y o sigo haciendo lo que me piden mi corazón y sus emociones, mi nula voluntad de vivir con coraje este nuevo día y dirijo mís pasos hacia donde ya casi solos quieren ir mis pies, a la cama, o sigo de pie y erguida.

Mi primera opción además de ser la fácil tiene la recompensa de que antes o después llegará mi peludita a meterse conmigo bajo la cálida manta.

La segunda y ni siquiera digo andar, sólo mantenerme en pie, no será en ningún caso gratificante más que para la voz de mi conciencia.

No sé cómo el junco siempre sigue en pie. Yo, soy el junco.

Soplan tsunamis, unos ahogan mi pecho, arrancan mi pelo y hasta provocan heridas en mis piernas y hormigueo en mis manos… le llaman Covid.

Otros, coincidiendo como hoy con lluvia torrencial en Madrid , empapan mi alma ya mojada de tantas lágrimas derramadas por el desamparo y desapego. Las derraman mis ojos en silencio. A Yuna, mi peludita, le altera que llore y esté triste, por eso ya evito que lo vea aunque soy muy consciente de que siempre su sexto sentido le hace venir a sin pedirme nada, lavarme las manitas.

Estoy bastante cansada. Demasiado.

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